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2020 Reflexiones alrededor de la cultura

Por el Arq. Jorge Caballero

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Proceso cronológico

La palabra patrimonio viene del latín patri (‘padre’) y onium (‘recibido’), que significa «lo recibido por línea paterna». El concepto de patrimonio se remonta al derecho romano temprano (durante la República romana), período en el cual significaba algo así como la propiedad familiar y heredable de los patricios (de pater, ‘padre’) que se transmitía de generación a generación y a la cual todos los miembros de una gens o familia amplia tenían derecho. El valor principal era el económico.

En la Edad Media lo sagrado, lo que se respeta, era lo que se consideraba patrimonio. Si bien se concebía la linealidad de la historia, ésta era sagrada y eterna. Luego el patrimonio se inscribía como todo dentro de la teología. El valor predominante era el simbólico.

El Renacimiento asume la linealidad de la historia en su concepción laica actual: el pasado histórico se singulariza y se diversifica. Se valoran los testimonios del pasado, por lo que no se habla de patrimonio sino del valor de antigüedad que se vincula necesariamente a la historia y que suele estar acompañado del artístico. Estas nuevas visiones y estos valores inician el camino de la noción occidental de patrimonio que a lo largo de cinco siglos tuvo diversas interpretaciones y sobre todo aplicaciones.

También, sin precisarlo, se hizo valoración de esos pasados diversos y sucesivos. Se le dio mucho más valor al patrimonio clásico greco-romano que al medieval; desde ese momento se instauró el canon de belleza clásica (estrechamente relacionado con la simetría y la geometría, así como al realismo). Comenzó a surgir un interés investigativo (¿científico?: lo que haría aparecer el valor científico) sobre el patrimonio que se va seleccionando y, también, coleccionando.

Esos valores que se han señalado se resumen, entonces, en histórico, artístico (¿estético?)[1] y científico.

Con la Revolución Francesa y todos los fenómenos urbanos, artísticos y sociales que la acompañaron, el patrimonio adquiere el crucial papel de componente de las nacionalidades que comienzan a configurarse durante el siglo XIX, tanto en Europa como en América Latina (de América del norte no se tiene conocimiento a este respecto). Esa nueva visión consolida la disciplina de la Restauración que se instaura como profesión reconocida y solicitada para la recuperación masiva de los “componentes patrimoniales nacionales”. Muy asociada a ellas, sobre todo en las corrientes de pensamiento que se comienzan a configurar alrededor de su práctica, aparece el tema del valor de manera destacada pero no asumida como tema relevante dentro de esas discusiones. Al parecer se daba por descontado que el ser humano valora por naturaleza.

[1] El término estética proviene del griego αἴσθησις (aísthêsis), «sensación».
Fue introducido por el filósofo alemán Alexander Gottlieb Baumgarten en su obra Reflexiones filosóficas acerca de la poesía (1735), y más tarde en su Aesthetica (1750).2​ Así pues, la historia de la estética, rigurosamente hablando, comenzaría con Baumgarten en el siglo XVIII, sobre todo con la sistematización de esta disciplina realizada por Immanuel Kant. 
Nota a esta nota a pie de página: se hace notar que con este origen es evidente que no existe un valor estético sino artístico que se puede definir o analizar a partir de la estética.

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