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Autor: John Farfán R.
Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia y candidato a Magister en Historia y Teoría del Arte, la Arquitectura y la Ciudad.

Este artículo de análisis urbano es una síntesis de la ponencia presentada por el autor en el anterior SAL XVI celebrado en Santo Domingo, República Dominicana, en octubre de 2015.

En el año 2012 se tomó la decisión de suprimir el tráfico vehicular de la Carrera Séptima de Bogotá en pleno centro tradicional, privilegiando así una vocación histórica de la vía: la del paseo a pie de miles de habitantes y visitantes del centro. A partir de esta iniciativa, comenzaron en septiembre de 2014 las obras de diseño urbano para la peatonalización en el tramo desde la Plaza de Bolívar hasta la Avenida Jiménez, al tiempo que se cocinaba una nueva normatividad distrital sobre el uso y control del espacio público: el Decreto No. 456 de 2013 que regula el aprovechamiento económico del espacio público y que permite a los artistas itinerantes hacer uso de dicho espacio sin pagar por él y con permisividad por las autoridades.
Actualmente se ha visibilizado desde la academia, las guías turísticas, los tratados urbanísticos, etc., un “paisaje” de la Carrera Séptima soportado casi exclusivamente en sus cualidades históricas y arquitectónicas, no obstante hay en esta vía otro tipo de paisajes que se soportan sobre lo no material, sobre los relatos individuales que no registran en los libros de historia. Es posible hablar entonces de la existencia de unos “paisajes invisibles” sobre el corredor cultural de la Carrera Séptima de Bogotá: paisajes invisibles porque no son del todo percibidos por los ciudadanos, no hacen parte completamente de una ciudad construida sino además de una ciudad “representada”, y porque suelen encontrarse en los bordes de lo considerado típicamente como marginal o informal.
Este análisis trata de la existencia de unos agentes que desarrollan unas actividades artísticas y culturales de manera itinerante en este corredor, no obstante a ser este un espacio urbano no diseñado para estas prácticas. Debieron entonces hacer apropiado lo inapropiado, o sea transformar el lugar echando mano de lo pre-existente. Las preguntas que surgen son: ¿cómo una comunidad se vale de un espacio urbano ya dado (algo hostil e incómodo), para desarrollar unas prácticas que le son propias? ¿Y cómo a través de estas comunidades y sus prácticas se puede generar una nueva definición del espacio urbano que trascienda las cualidades meramente físicas?

Espacios artísticos y culturales en la calle

Por artista itinerante se entiende a aquel que realiza unas prácticas en el espacio público sin pagar derecho de uso, las cuales remiten a formas de experiencia ligadas a la creación de sentido desde lo sensible y lo estético. Son los bailarines, dibujantes, cantantes, actores, cuenteros, músicos, titiriteros, pintores, entre otros. Por su parte, por “actor cultural itinerante” se entiende a aquel que realiza de forma temporal en el espacio público sin pagar derecho de uso, unas acciones que movilizan saberes, valores, imaginarios, hábitos y actitudes de carácter colectivo. Bajo este título se nombra principalmente a dos actores: artesanos y vendedores de libros usados.
Los artistas y actores culturales itinerantes de la Carrera Séptima tienen como reto el diferenciarse de los vendedores ambulantes comunes que pululan en el corredor. No es una tarea fácil: el artesano o el librero vive de vender a los transeúntes al igual que el comerciante de baterías o juguetes chinos, además salvo contadas excepciones todos los artistas de este corredor venden los discos de la música que tocan o cantan… o con la cual bailan… o venden cualquier otro producto que no tiene nada que ver con su práctica. Hay que recurrir, entonces, a una cualidad que pueda diferenciar los unos de los otros adicional a las prácticas que realizan.
En las siguientes imágenes hay dos personajes: el primero es el vendedor de un aparato que pela todo tipo de alimentos en menos de un minuto; el segundo, un cantante que entona coplas con su guitarra. Los dos despliegan una elocuencia que atrae a los curiosos que se agolpan para observarlos. Los dos de cierta forma venden algo. Pero el uno es un vendedor ambulante y el otro es un artista. ¿Qué ayudaría a diferenciarlos? La respuesta está en el espacio.

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Aunque los dos personajes atraen a unos espectadores numerosos, nótese la distancia que hay entre el pregonero del pelador y sus observadores, y entre el cantante y sus observadores. A esa distancia que hay entre el cantante y sus observadores, y que no existe en el caso del pelador, se le conoce como “ruedo” y es la distancia que permite la contemplación, pero en un sentido más amplio es el espacio casi ceremonial por el que opera el reconocimiento de una práctica artística.
El ruedo es el lugar de reconocimiento del “otro” como agente artístico y de sí mismo como público, y es un espacio urbano que existe solo mientras dura la práctica y luego desaparece. Pero el ruedo es además la metáfora de un territorio apropiado y reconvertido a partir de una práctica artística: no todas las prácticas artísticas y culturales crean ruedos, pero sí todas a su manera dibujan nuevos espacios urbanos que se superan la mera función de circulación de la vía.

El espectáculo callejero y el ruedo

Entre las muchas clasificaciones que se pueden hacer de estos artistas y actores culturales, yo haré aquí una basada en su mutualismo. A diferencia del tipo de artistas y actores que se les encuentra agrupados en el espacio público, como los dibujantes o los artesanos, hay otro tipo de artista que rehuye a compartir el lugar con prácticas iguales a la suya. A este grupo pertenecen los artistas del espectáculo callejero (cantantes, bailarines, performistas, marionetistas, cuenteros y actores) y son ellos quienes justamente con su práctica crean esa unidad espacial del ruedo.
El espectáculo callejero se da en medio de la calzada destinada al peatón y convoca a un público que se agolpa interrumpiendo la movilidad de los transeúntes. Además, casi siempre, el ruedo se expande hasta la ciclorruta bloqueando el paso de bicicletas. Así, el ruedo es una situación difícil de manejar por las autoridades pues además es sinónimo de congestión, desorden, oportunidad para el robo y un evento que hace lenta una calzada que debía rápida y rápidas unas aceras que debían ser lentas.
Pero desde otra perspectiva, para la sociedad bogotana que tiende a la desconfianza hacia el otro y a la agorafobia, el ruedo es un lugar que posibilita la interacción con el desconocido en la calle, con el cual crea unas relaciones que trascienden el simple intercambio comercial de las ventas en la calle. Otra característica decisiva es el ser ante todo un espacio que propicia el detenimiento dentro de un corredor diseñado casi exclusivamente para el tránsito de un punto a otro.
Si se hace un análisis formal de eso que es el ruedo, se observa que este no es otra cosa que la simulación de un espacio teatral: en un ejemplo típico, el artista comienza su labor disponiendo paralelo al sardinel más cercano “unos mojones” con los que separa su espacio del corredor de circulación a su espalda. Acto seguido, se ubicará a sí mismo un poco más adelante de estos objetos, y pondrá entre él y el público algo que quiere destacar particularmente y que al igual que los primeros mojones ayudará a delimitar su espacio: es el cuenco de las monedas, las pinturas que vende, etc. En esta organización es posible identificar rigurosamente una platea, un proscenio y un escenario.

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La calle hecha teatro

Paralelamente, el artista se aprovecha de gestos arquitectónicos o urbanos que hacen de pequeños teatros, como el pórtico de un edificio que sirve de escenario, las graderías de un edificio que simulan una platea, el parador que hace de teatrino. Se trata de gestos que han dejado momentáneamente su uso original y han sido refuncionalizados para servir a una práctica artística. Por un breve momento, la Séptima ha dejado de ser una vía diseñada para el automóvil y se ha transformado en un “espacio-teatro”.

 

Artistas y actores agremiados y el espacio como colonización

Junto con los artistas del espectáculo callejero, hay otro tipo de artistas y actores culturales que pueden llamarse “agremiados” pues se agrupan en un mismo lugar con otros artistas y actores que realizan la misma práctica. Se trata de cuatro grupos en el corredor: vendedores de libros cerca de la calle 23, dibujantes y retratistas bajo el alero de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, artesanos indígenas emberas en la iglesia de San Francisco y artesanos en la calle 11. Nótese la primera diferencia con los artistas del espectáculo: mientras estos rotan a lo largo del corredor buscando los lugares adecuados para sus prácticas, los agentes agremiados han hecho suyo un lugar determinado en el que permanecen incluso con la rigurosidad de quien cumple un horario de oficina, llegando a convertirse en referentes espaciales: los retratistas, por ejemplo, perpetúan una tradición de cuarenta años en los bajos del edificio de la ETB que los ha hecho un símbolo de la Carrera Séptima.
¿Cómo se originó esta colonización del espacio? Hay que comenzar por decir que son prácticas que se dirigen a un público muy particular, lo que es la segunda diferencia con respecto al espectáculo callejero: el vendedor de libros o de artesanías no requiere una multitud indiscriminada de transeúnte como en el espectáculo callejero, sino un público específico. Aquí los espacios culturales de la Carrera Séptima funcionan como nodos que condensan a un público determinado: de esta forma, los libreros se ubican estratégicamente cerca del teatro municipal y la cinemateca distrital, mientras los artesanos emberas y de la calle 11 se asientan cerca de los principales enclaves turísticos del centro de la ciudad que son la manzana cultural del Banco de la República y los equipamientos alrededor del Parque Santander. Por su parte, los retratistas y dibujantes llegaron al corredor junto con las familias que vivieron el apogeo de los cinemas del centro. Así, el artista y actor cultural se beneficia de estos espacios institucionales físicos, se mimetizan en la red de tránsito que estos generan, juegan con su informalidad dentro de la formalidad del espacio ya histórico.

Artesanos de la calle 11 y su nodo de condensación

Artesanos de la calle 11 y su nodo de condensación

Espacialmente hablando, la ubicación de estos artistas y actores ya no es el lugar protagónico de la calzada, sino el lugar del andén que aunque pareciera “periférico” no es menos importante: en el caso de los artesanos de la calle 11, estos disponen sobre el suelo las telas en las que exhiben sus mercancías ocupando la totalidad de la acera. Los dibujantes se benefician del alero de la ETB, gesto arquitectónico que los protege de la lluvia; los libreros lo hacen del hall del teatro municipal que cumple la misma función; mientras que los artesanos emberas y de la calle 11 se benefician únicamente de los muros ciegos y la acera que son asiento, sombra y espacio de exposición a la vez. En estos espacios, que son ejemplos de “no-lugares” en el término de Marc Augé, por ser lugares sin identidad, meramente transitivos y sin historia, estos artistas y actores han logrado crear unos corredores atractivos donde sucede más que un intercambio comercial: ora son clubes de debate en torno a los libros, ora son pequeños espacios galerísticos donde se exhiben pinturas y dibujos al carboncillo

Últimas palabras

La Carrera Séptima y su particular ecosistema se hallan en transformación. Las aceras y calzadas han desaparecido para dar entrada a unos espacios homogéneos de circulación acompañados con “zonas de aprovechamiento económico y cultural”, en los que la administración prevé ubicar por días y franjas horarias a los artistas itinerantes. En la reunión de socialización del proyecto de peatonalización en 2014, entre los opositores del proyecto se encontraban muchos de estos artistas itinerantes y su reclamo surgía a partir, cosa curiosa, de no reconocerse en el modelado digital o render del proyecto. No es un malestar menor, dado que no es solo la figura digital de ellos allí, sino la concepción de los espacios que propone tal render.
Casualmente, el tramo entregado se parece mucho a como se ve en la propuesta… salvo por los ciudadanos genéricos, caucásicos, algo borrosos y de una elegancia sospechosa que se ilustran en esta. Esto lleva a preguntar, ¿para quién fue diseñado el espacio? ¿Quién es el ciudadano llamado a habitar el espacio público de diseño? Lo que uno se ve tentado a pensar es que el render se convierte en el “así debería ser” de la Séptima.

Referencias

-Dirección de Arte, Cultura y Patrimonio. 2014. Cartilla de caracterización de artistas en el espacio público de la ciudad de Bogotá. Secretaría de Cultura Recreación y Deporte. Alcaldía Mayor de Bogotá.
-Nogué, Joan (ed.). 2007. La construcción social del paisaje. Madrid: Biblioteca Nueva.